De todo, como en botica
Un día el creador despertó y reunió a los
caracteres más simpáticos en el mismo lugar, una cuadra de Guadalajara llamada
Isla Aleutianas. Los habitantes de ahí en su mayoría son ya
ancianos, con costumbres arraigadas como salir a darle propina al de la basura,
regar las plantas antes de que salga el sol, dar los buenos días y barrer la
banqueta. Por el tiempo que tengo frecuentando esta calle he atestiguado que
los vecinos no se conocen entre sí por sus nombres sino por sus oficios y sus
actitudes. Por ejemplo, en la esquina vive Don Fotógrafo, no sé su nombre pero
ha permanecido ahí desde que se fundó la colonia, según mi abuelita, la pintura
ya descascarada no ahuyenta a sus clientes de toda la vida, se la pasa frente a
la computadora editando fotografías pero cuando pasa algún vecino asoma la
cabeza de perro y se pavonea de saber inglés “How are you, David” “Hello”,
“Good morning” “Have a nice day”, yo paso rápido antes de que me haga
conversación, no porque no sepa inglés sino porque sí lo entiendo pero no lo
hablo y solo atino a decir “tenkiu”.
Usted como lector no está para
saberlo, ni yo para contarlo, pero en la casa adornada con latas de coca cola
vive el loco, así le dicen a sus espaldas los vecinos, uno que otro lo llama el
inventor, nadie lo conoció en sus años cuerdos y ahora solo se dedica a crear
inventos con basura. Un día le dio por convertirse en la pluma de entrada en la
cuadra, se plantó a la entrada con una ramota de árbol y cedía el paso solo a
aquellos que fueran vecinos, está de más mencionar que los clientes
de la dulcería se quejaron con los dueños y a estos no les quedó más remedio
que pedirle permiso al loco para que dejara pasar a sus clientes, quien de mala
gana accedió sin decir nada y solo fruncir el ceño.
Siempre tomo la precaución de no
hacer ruido cuando paso frente a la casa del loco, sin embargo, hace días iba
tan distraído que cuando menos lo pensé ya estaba frente a su casa, volteé la
vista y sus ojos me vieron con seriedad, yo hice lo mismo para darme a respetar
y mostrarle que no le tengo miedo, pero en eso me gritó, fue una especie de
aullido y bramido de toro, el punto es que de un tiempo acá le ha dado por
gritarle a la gente y antes no era así. Como buenos vecinos respetamos cada
invento que hace “no vaya ser que se enoje y nos saque un
susto”, eso dice Don Calzone, no es italiano ni nada pero de
enero a diciembre no siente pudor de salir en calzones largos a
hacer sus quehaceres, ahí se le ve siempre regando sus plantas a
pleno calzón, con las patas enclenques.
Y qué le cuento, las señoritas
Puente de la tiendita de la esquina, son dos hermanas que ya rozan los
cincuenta años con cara de migajón que por su rara forma de atender a los
vecinos les han puesto el apodo de “Las Mongas”, en su tienda solo hay una
especie de cada artículo, si algún vecino madrugó y pidió queso, para el que
llega después ya no hay, así son con todo lo que tienen para vender, y parece
que se jactan en contestar “ya no hay”, ni sienten pena, además el horario que
manejan es muy variado, algunas días abren de nueve a diez de la mañana y
de seis a siete de la tarde y otros ni sus luces, nos traen vueltos
locos con su horario, ya empiezo a creer que hasta el apellido les marcó su
forma de ser, Puente porque bien que han hecho sus buenos puentes para
descansar, como se dice aquí en México, o será que ya se hicieron ricas como
dice el abuelo.
Como decía, es una colonia donde
predominan las personas de la tercera edad, no es sorprendente ya enterarnos de
que fulanito se puso muy malo y ya se nos fue, que la señora mangana de la
esquina, tan sanita y todo también se nos adelantó, el otro día escuché a mi
abuelo, él se entera de todo porque es el que va al mandado, a un puesto de
verdura instalada en una camioneta de redilas muy vieja que se estaciona bajo
la sombra de un del árbol de guayabas, Don Armandito es quien atiende, y es en
ese lugar donde el abuelo se entera de todos los chismes de la cuadra y sus
alrededores. Un día le contó a mi abuelita que mientras hacia el mandado se
enteró que Don Pedro, quien recolectaba papel y cartón en su triciclo ya se lo
había llevado Diosito, y la abuela sorprendida le contestó: pero si lo acabo de
ver hoy a mediodía. Total que el abuelo no bajó de muerto a Don Pedro hasta que
lo vio vivito y coleando revisando su bote de basura la mañana siguiente. A
partir de ese día el abuelo ya no sabe qué creer y que no, porque una de dos, o
cree todo lo que dicen en el puesto de Don Armandito o más bien ya cree en los
fantasmas.
En la cuadra cada vecino está
definido por sus defectos, lo cual no está mal siempre y cuando se sepa tolerar
a las personas y estas no se enteren de los sobrenombres que les ponen a sus
espaldas porque a fin de cuentas todos los vecinos conviven a diario y es
importante mantener la compostura, aunque sea en calzones.
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Anónimo
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